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Aunque ya no se distinguía ningún objeto por la ventana, notó que había empezado a llover; una leve crepitación, apenas un murmullo, llegaba hasta el salón en silencio. Con la mirada puesta en el negro indistinto que se extendía tras el cristal húmedo, se acordó de la playa de las Catedrales: seguramente también estuviese lloviendo allí en aquel momento, y la lluvia caería en la oscuridad sobre la arena y las rocas invisibles.
Sería una noche muy distinta a aquella de diciembre de 2003 iluminada por la luna. Sabela comprendió que nadie sabría nunca qué había pasado entonces y que, en realidad, nadie tenía derecho a saberlo.
Sería una noche muy distinta a aquella de diciembre de 2003 iluminada por la luna. Sabela comprendió que nadie sabría nunca qué había pasado entonces y que, en realidad, nadie tenía derecho a saberlo.